domingo, 7 de octubre de 2012

Estoy sentado frente a un enorme rio de agua marrón. Debajo de mi, con forma de silla, un tronco tallado. Fue lo mejor que encontré en medio de ese desastre. A mis costados hay gente que se arrastra hasta la orilla para poder probar una gota de esa agua sucia que tengo frente a mis ojos. Todavía me sorprende que quedemos algunos con vida. La caída fue dolorosa y, que yo sepa, en este tipo de accidentes la gente muere. Y sí, cerca mío hay un par de cadáveres, otros moribundos y otros que luchan. Me duele mi costado, y se que una sustancia viscosa sale de ahí. La toco. Al agachar la mirada noto una gran cantidad de sangre de esa virgen lastimadura. Levanté la cabeza, pero todos mis compañeros habían perecido. No supe que hacer, las piernas no me respondían, el dolor comenzaba a apoderarse de mi mente, de mi cuerpo. Nunca fui un luchador, y tampoco planeaba serlo. De qué me serviría pelear la vida en el medio de la nada con un corte en la mitad de mi cuerpo, un corte tan grande que poco a poco me sacaba la sustancia de vida más valorada. No podía luchar, no podía seguir. El panorama era nefasto. Me resigne al largo y eterno sueño.
6 AM de la mañana. Suena el teléfono de mi casa. Emborrachado de sueño y mojado en sudor, me levanto corriendo para lograr atender la llamada. El cuerpo me dolía.
Era de una aerolínea, el vuelo de mi hermano había caído. No había sobrevivientes, pero yo ya lo sabía. La cicatriz, esa nueva marca en mi cuerpo que llegó a mi esa misma noche en medio de la vivencia mas cruda de mi existencia, lo delataba. Mi costado me anunciaba su muerte. Ya no seríamos dos. O sí, pero solo me verían a mi.

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